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| Mujeres afganas cubiertas
con burka
hacen cola a las puertas de una
ONG en Kabul. REUTERS |
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Zeinab no era pura a los ojos de su marido. Cuando éste
llegaba borracho a casa, en Herat (Afganistán), le golpeaba con
el Corán y le gritaba: "¡Impura, impura!". Una
noche, mientras le agredía, Zeinab se roció de petróleo
y se prendió fuego. Su marido siguió golpeándole
mientras ardía. Murió dos días después.
El de Zeinab es uno de los cientos de casos que ocurren
cada año en Afganistán. Mujeres que optan por la inmolación
ante la violencia machista.
"Herat es la zona donde más inmolaciones
se producen. Se debe a su proximidad con Irán. Allí la
auto inmolación es frecuente", asegura la presidenta de
la Asociación de Cooperación para Afganistán (ACAF),
Gloria Company. ACAF trabaja en Herat desde 2004, cuando acordó
con el Ministerio de Salud crear una unidad de quemados. En dos años
ingresaron 56 hombres por 475 mujeres. De ellas, 160 reconocieron haberse
inmolado.
¿Por qué esa salida tan drástica?
Las afganas no pueden engullir un puñado de barbitúricos
porque no pueden pagarlos, ni saltar desde lo alto de un edificio porque
no hay, como tampoco unas vías de tren a las que arrojarse. Empuñar
un arma de fuego es para hombres.
"Y sobre todo porque es una manera de avergonzar
al marido. Una inmolación no se puede disimular. Si una mujer
se prende fuego, toda su comunidad se dará cuenta y sospechará
que el marido es el último culpable. Entonces, quedará
señalado para siempre, pues el suicidio es inaceptable en Afganistán",
explica Company.
ACAF pondrá en marcha en noviembre la Fase II
del Proyecto Ariana, con la que pretende rescatar psicológica
y socialmente a la víctima.
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