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Las afganas optan cada vez más por la inmolación para escapar de la violencia contra la mujer, un fenómeno generalizado y aceptado en el país asiático

MIKEL AYESTARAN

ENVIADO ESPECIAL

Fatemé

Fatemé, de 20 años, tiene muy afectada

la cara. [Mikel Ayestaran]

 

HERAT. DV. «No le gustaba a mi marido y me dejó de hablar. Rompió su silencio para decirme que iba a casarse con una segunda mujer. Yo le conozco a ella y es mala, muy mala. Se lo quise decir mil veces, pero no me hacía caso y yo sólo quería morir». Ayatoh tiene siete hijos y es la segunda vez que intenta suicidarse autoinmolándose. No lo ha conseguido. Su marido terminó casándose de nuevo y su segunda esposa es quien está al cargo ahora de los hijos de Ayatoh.

 

A sus 36 años es la más veterana de la sección especial para mujeres quemadas del hospital de Herat, que cumple en estas fechas su segundo aniversario. En esta provincia del oeste de Afganistán se registra el número más alto de autoinmolaciones del país y en los últimos seis meses 345 mujeres han llegado hasta el centro sanitario. «Y estos son los casos de la ciudad o sus proximidades, las de los pueblos no pueden llegar nunca, mueren en el camino», explica Mohammadi Ibrahim, enfermero de la unidad de quemados.

 

El hospital se encuentra en el centro de la ciudad y el área de mujeres quemadas ocupa parte de la segunda planta. Hayar, Fatemé, Letife, Nassima, Glosa, Nazib o Zaibbibi son algunas de las catorce pacientes que intentan recuperarse de las heridas provocadas por el fuego. Tres se encuentran en estado crítico. Algunas llegan después de haber sufrido accidentes en sus hogares por culpa de las estufas o las brasas, pero la gran mayoría son víctimas de la violencia doméstica, generalizada y aceptada en la sociedad afgana. En Herat nadie celebró hace poco más de una semana el Día Internacional contra la Violencia de Género. Para ellas la salvación está entre las llamas.

 

Reacción «valiente»

 

«Es un fenómeno que han traído al país las mujeres que estuvieron durante la última guerra refugiadas en Irán. Como Herat es la ciudad más próxima es donde más se nota, pero poco a poco va extendiéndose por todo Afganistán. La mujer es como un perro para el hombre y por tanto se le puede maltratar. Por eso pienso que la mujer que se quema es la más valiente, la única que reacciona ante el maltrato y dice basta», opina Gloria Company, de la Asociación para la Colaboración con Afganistán (ACAF). Esta ONG ha terminado estos días un primer estudio sobre el fenómeno de la autoinmolación y trata de crear una asociación de mujeres quemadas para ayudarles a reintegrarse en la sociedad.

 

En este tiempo de estudio, tanto Gloria como su compañera, Eva López, han recogido todo tipo de testimonios, «desde una niña que se quemó porque su padre se la jugó a las cartas, hasta el caso de una mujer a la que su marido alcohólico le zurraba con el Corán cada noche. Mientras ardía, su pareja le seguía pegando. Murió a los tres día de ingresar.

 

Cada caso es diferente, hay desde gente pobre y sin educación, hasta tituladas universitarias. Lo que tienen todas en común es la violencia de género». Si la situación de la mujer ya es complicada de por sí en este país, las que se recuperan de una autoinmolación ocupan el último escalón en la sociedad, son la vergüenza de las familias que intentan ocultarlas a toda costa.

 

Matrimonios forzados

 

La víctimas son jóvenes, sus edades van normalmente de los 15 a los 25 años. «Esta es una sociedad muy machista. Un hombre compra una mujer o una niña por unos nueve mil euros. Todo lo arreglan las familias y los jóvenes no saben ni el nombre de su futura pareja. En unos minutos, la mujer cambia su vida y entra en casa del hombre y de su familia. Muchas no lo aguantan y optan por suicidarse. Ahora, además del fuego, también usan cada vez más medicamentos», detalla el analista de la Televisión Afgana, Mohammad Owais Tokhi.

 

En el hospital de Herat hay gasas y suero. Nada más. Las medicinas corren a cargo de las pacientes, que deben comprarlas en alguna de las decenas de farmacias -uno de los negocios más prósperos del país- que se han ido abriendo en las proximidades del centro. Mohammadi Ibrahim y el resto del personal tratan de cuidar y salvar la vida de las mujeres que llegan cada día mientras desde algunos sectores del Ministerio de Sanidad afgano mantienen que el problema de la autoinmolación «es genético y denota la falta de educación y tendencia a la depresión del sexo femenino».

 

 

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