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The Seattle Times
4 de octubre de 2005.
Por Diane Tebelius
Acabo de llegar de Kabul, donde fui observadora para Estados Unidos en las elecciones parlamentarias de
Afganistán; y ahora estoy convencida, más que nunca, de que expandir la democracia es la única estrategia a largo plazo para
acabar con el terrorismo global.
He sido testigo directo del "milagro" de Afganistán. Los afganos nos ven a los estadounidenses como
libertadores y agradecen nuestro apoyo, pero nuestra delegación nunca salió del hotel sin llevar chalecos antibalas de 14 kilos
de peso. Y ésa es la imagen que se puede ver en Afganistán, la esperanza de la democracia, aunque ensombrecida por la
incertidumbre del terrorismo.
Durante las históricas elecciones parlamentarias, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos desafiaron las
continuas amenazas de los talibanes contrarios a la negociación y votaron por un futuro sin opresión y sin violencia. Casi 6.000
candidatos se presentaron para cubrir 249 escaños en la Asamblea Nacional y para los 34 Consejos municipales.
Debido a que las tasas de analfabetismo son elevadas - el 80% de las mujeres, en parte debido a la política
talibán de denegarles el acceso a la educación, y el 50% de los hombres - las urnas incluían la fotografía y el símbolo del
candidato. Y dado que había más candidatos que símbolos reconocibles, los candidatos se daban a conocer como “un león”, “dos
leones”, e incluso “tres leones”. Las pancartas esparcidas por toda la ciudad antes de las elecciones identificaban a cada
candidato con su respectivo símbolo.
Lo que me sorprendió de los candidatos era los temas de los que hablaban: los mismos de los que hablamos en los
debates públicos de Washington. El tráfico, la seguridad y el empleo eran los titulares de las diferentes campañas. Sin embargo,
a diferencia de nuestro Estado, donde debatimos acerca de los millones de dólares que hacen falta para ampliar las autopistas o
para construir carriles para autobuses, los afganos sólo quieren que se les pavimenten las carreteras.
En el contexto de una sociedad libre debería haber infraestructuras, oportunidades económicas, seguridad
pública y educación. Un pueblo próspero y libre no debería atarse bombas al cuerpo y acabar con las vidas de mujeres y niños
inocentes por ninguna causa.
Al debatir acerca de “las raíces” del terrorismo se pueden proponer programas de actuación; para ayudar a los
pobres, para aliviar la deuda, o para las relaciones diplomáticas. Pero si las palabras “nosotros el pueblo”, o “la emancipación
de las mujeres” o “respeto por la ley de derecho” no tienen ningún significado, entonces sólo hay tiranía.
Las mujeres que están vendiendo sus mercancías en las calles de Kabul ahora pueden caminar libremente sin miedo
a recibir una paliza si no van cubiertas de pies a cabeza. Las mujeres que una vez fueron prisioneras en sus propios hogares
porque ser vistas en público con un hombre iba en contra de la ley, ahora pueden llevar a sus hijas al colegio alegremente.
Ahí también está la clave para luchar contra el terrorismo. Los sondeos realizados a musulmanes después de las
bombas de julio en Londres mostraron que las mujeres, con una gran diferencia, simpatizaban menos con la ideología del
terrorismo que los hombres.
Liberad a las mujeres y comenzaréis a proteger a las generaciones venideras de las garras de Osama bin Laden y
de su cultura de odio y muerte.
Pero el hecho de instaurar una democracia e instituciones que sirvan al bien común y protejan los derechos
individuales significa que nunca se puede escapar de la incertidumbre.
La historia de Afganistán, y de otras democracias emergentes de todo el mundo, debería inspirarnos a seguir en
esta línea. Estados Unidos y los países libres de este planeta deben seguir proporcionando ayuda e incluso apoyo militar al
pueblo de Afganistán.
Lo más memorable de mi estancia allí fue cuando conocí a una chica joven que había perdido a su padre durante
las guerras civiles. Ella y su madre habían huido a Pakistán y regresaron cuando los talibanes tomaron el control. Se vieron
forzadas a huir otra vez cuando le dijeron que no podía ir a colegio ni tampoco trabajar. Les pregunté la razón por la que
habían decidido regresar tras el golpe de estado talibán, a pesar de la incertidumbre. Porque amo a mi país", fue su respuesta
de todo corazón.
Esto es la esperanza y el futuro de Afganistán. Con el apoyo continuado de todo el mundo, los afganos
triunfarán, se acabará con el terrorismo en este país y el mundo estará más seguro.
Diane Tebelius, antigua fiscal federal y candidata republicana al Congreso, ejerce como abogada en Seattle. Fue
observadora electoral en Afganistán bajo el patrocinio del Instituto Republicano Internacional (IRI), una organización sin ánimo
de lucro que apoya la libertad y los derechos humanos en todo el mundo. El IRI no está afiliado al partido republicano; recibe
algunos fondos de la Agencia estadounidense de desarrollo internacional.
Trad.: Laura Blanco Moro (Facultad de Traducción y Documentación, Universidad de
Salamanca) |