| |
LE FIGARO [13.10.2005]
Por Olivier Roy *
En octubre de 2004 se celebraron las elecciones presidenciales que dieron al presidente Hamid Karzai la
legitimidad para gobernar. Probablemente no hubieran tenido lugar de no ser porque los electores se desplazaron en masa a las
urnas a pesar de las llamadas al boicot y de las amenazas de los talibanes. Aunque realmente se trataba más de una especie de
plebiscito al no existir ninguna alternativa creíble. Aún estábamos lejos de la puesta en marcha de un sistema político
realmente democrático. De hecho, hasta ahora la democracia se ha asentado más en la debilidad de toda forma de poder que en la
fuerza de las instituciones. Y precisamente el “quid” de la cuestión está en combinar democratización y fortalecimiento del
aparato del Estado.
“La herencia del comandante Massoud se ha disuelto en los juegos de rivalidades y de intereses personales de su
entorno” (extracto)
Fortalecer el aparato del Estado supone la puesta en marcha de fuerzas de seguridad capaces de asegurar el
mantenimiento del orden y de combatir lo que queda de los talibanes. Pero además, hace necesario reducir la fuerza militar de
los comandantes y de los “señores de la guerra”, un término que no da buena cuenta de la diversidad de jefes locales capaces de
movilizar combatientes. De la misma manera, se requiere el establecimiento de una administración al menos en el nivel del
distrito formada por funcionarios con autoridad, que reciban un buen sueldo, y que sean trasladados periódicamente para que no
puedan ser simples peones en las manos de los notables locales.
Los impedimentos son múltiples: a las fuerzas de seguridad les falta motivación y entrenamiento, mientras que
la corrupción generalizada debido a la economía paralela (la droga) paraliza a la policía local.
Éste es el contexto en que han tenido lugar las elecciones legislativas. Desde el punto de vista de la
comunidad internacional, se espera que estas elecciones tengan dos consecuencias importantes: hacer surgir una clase política
pluralista y contrarrestar el peso del presidencialismo, no debido a que Karzai pudiera tener veleidades autoritarias, sino para
favorecer una mayor transparencia y una mejor gobernanza. Todavía estamos lejos. Para empezar, aún no hay ningún partido
político digno de esa denominación en Afganistán. Los partidos de los muyahidín jamás fueron verdaderos partidos. Solían ser
movimientos basados en la etnia. En este sentido, su ausencia como partido político hoy en día no es tan negativa. La
desaparición de los verdaderos partidos ideológicos (aparte de los talibanes) tampoco es algo que debamos lamentar.
En la actualidad, exceptuados los pequeños grupos de intelectuales que luchan por una mayor secularización de
la sociedad, el único debate gira en torno al grado de charia que debe aplicarse, y este asunto no moviliza a las multitudes.
Las elecciones, por lo tanto, van a desarrollarse en función de las alianzas y las rivalidades entre los notables locales. El
hecho de que las votaciones tengan lugar a nivel provincial impedirá que se produzca una coalición étnica, pero acentuará el
peso de los actores locales. Ahora bien, entre ellos, se encuentra gran número de “señores de la guerra” y comandantes. Aunque
aquí hace falta matizar que los verdaderos señores de la guerra, es decir, los que extienden su poder en la totalidad o en una
parte de una provincia, son bastante poco numerosos y, además, están perdiendo fuerza desde que Ismail Khan, el gobernador del
Oeste, se pasó a la política. La herencia del comandante Massoud se ha disuelto en los juegos de rivalidades y de intereses
personales de su entorno. Los antiguos jefes de partidos, como Borhannuddin Rabbani, no se encuentran ya a la cabeza de las
fuerzas militares. De hecho, el verdadero problema está originado, más que por los “señores de la guerra”, por los innumerables
comandantes locales. Estos últimos han sabido utilizar sus contactos adquiridos durante la resistencia y su posición local para
lanzarse a desempeñar actividades mejor remuneradas, desde la construcción inmobiliaria hasta las drogas. Una asamblea dominada
por una alianza entre los comandantes locales, notables y mullahs no parece que vaya a conducir a la democracia y a la
estabilidad. Así no se formará ninguna mayoría constructiva excepto para insistir en el lugar que debe ocupar el Islam en la
sociedad.
No obstante, esta perspectiva no es completamente negativa desde el punto de vista de la política de Hamid
Karzai, que ha preferido la cooptación antes que la confrontación. Encontramos tanto a antiguos talibanes como a ex comunistas
entre los nuevos adeptos al régimen. Lo que supone una política de amnistía más que apostar por un tribunal para juzgar crímenes
de guerra. Los únicos afganos que han sido juzgados por este motivo lo han sido este año en... Gran Bretaña (un miembro del
Partido islámico de Hekmatyar) y en Holanda (dos generales comunistas). Las elecciones legislativas son, por lo tanto, un medio
de cooptación tanto más importante en la medida en la que los antiguos muyahidines y los notables locales han sido excluidos del
gobierno, que está poblado de expatriados que volvieron al país con los norteamericanos, en su mayoría recibiendo salarios
occidentales. Hace falta borrar el resentimiento contra esas personas. El nuevo Parlamento está entonces destinado a ser de
carácter conservador y opositor, esperando que prebendas y favores se encarguen de eliminar cualquier tipo de obstáculo en
ellos. Sin embargo, no es seguro que esto perjudique a Karzaï, ya que siempre ha mostrado su maestría en la táctica tradicional
de incorporar notables a una monarquía condescendiente.
Pero esta política de cooptación ocasiona problemas cuando se trata de los puestos de gobernador local: porque
en ese ámbito ya no es una cuestión de equilibrio entre el aparato de Estado y los notables, sino que se produce la toma de
dicho aparato por parte de los propios poderes locales. Sin duda alguna, esta fue la razón de la reciente dimisión del ministro
del Interior, Ali Ahmad Jalali, que se esforzaba por conseguir que los representantes del Estado se turnaran, pero a quien
aparentemente le imponían el nombramiento de comandantes locales para diferentes puestos de gobernadores. La frontera entre
construir de manera prudente el aparato del Estado y dejar que se disuelva en redes de influencias es bastante difusa. Y seguirá
haciéndose más incierta mientras la droga genere más riqueza que el propio presupuesto del Estado.
*Islamólogo, especialista en Oriente medio y Asia central, autor de La Laïcité face à l’islam (Stock, 180
páginas), Les Illusions du 11 Septembre y L'Islam mondialisé (ambos publicados por Seuil, y con traducción al español en
Edicions Bellaterra: Después del 11 de Septiembre: islam, antiterrorismo y orden internacional y El islam mundializado: los
musulmanes en la era de la globalización).
Trad.: Alcira Mulero (Facultad de Traducción y Documentación, Universidad de
Salamanca) |