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Kabul: de nuestra enviada especial Marie-France Calle
LE FIGARO [23.09.05]
Muchos no sabrán jamás que Malalai Kakar es guapa. Como tampoco sabrán que bajo su burka azul se esconde la
primera mujer policía de Afganistán. Sólo muestra en contadas ocasiones su uniforme fuera de la comisaría que dirige en Kandahar,
la segunda ciudad afgana después de Kabul. Se trata de una de las ciudades más conservadoras del país, situada en pleno
territorio pastún. La antigua capital de los talibanes, donde los estudiantes de teología han dejado sus huellas.
Malalai sale con el rostro descubierto en muy raras ocasiones. “Nadie me obliga a llevar el burka. Ni mi marido
ni la policía, explicaba recientemente a la prensa. Soy yo la que prefiere salir así. Es muy práctico y, además, en Kandahar,
una mujer de bien nunca se muestra en público sin burka ni chador. Es parte de nuestra cultura. Todo el mundo se burlaría de mi
marido. Llevaba burka antes de que llegaran los talibanes y sigo llevándolo para protegernos, a mi familia y a mí”.
En ciertos aspectos, la vida de Malalai Kakar parece sacada de una serie policiaca de televisión. Compagina con
brío su vida de mujer con su carrera como policía, de la misma manera que lo hacen las heroínas de estas series. Todas las
mañanas, antes de irse a trabajar, prepara a sus seis hijos para que vayan a la escuela, reza con ellos, y llama a la comisaría
para asegurarse de que la noche ha estado tranquila. Después, verifica que su AK 47 está cargado, se pone el burka y comienza su
jornada como comisaria. “Soy la única mujer en Kandahar que posee una pistola y un kalashnikov. No se trata realmente de atacar
a los demás sino de protegerme”, confiesa. Durante las misiones, prefiere usar una porra, o incluso… sus puños.
Como una estrella de la pequeña pantalla, ella también da órdenes a los hombres. Pero esto ni es ficción ni es
Europa. Estamos en Afganistán, un país donde muy pocas mujeres trabajan. Y de esas pocas, sólo una minoría ocupa puestos de
responsabilidad. Así que de cazar criminales, mejor ni hablar. A pesar de los esfuerzos del gobierno de Hamid Karzai y de la
nueva Constitución, que ha otorgado a las mujeres unos derechos que siempre se les habían negado, la sociedad afgana sigue
siendo una de las más machistas del mundo. Se escolariza menos a las niñas que a los niños. Estos casos se dan especialmente en
el sur del país. Según un informe de UNICEF, el 80% de las niñas de entre 7 y 12 años no va a la escuela en la provincia de
Kandahar. Esta cifra desciende al 45% cuando se trata de niños de esa misma edad. En las familias pobres alimentan más a los
niños que a las niñas. Y a menudo casan a estas últimas a partir de los 13 años de edad. Es más, las mujeres nunca pueden salir
sin que las acompañe un hombre.
Y así, para respetar la tradición, Malalai va siempre escoltada por su hermano pequeño, Toryalai. Armado
también con un kalashnikov, sirve de carabina y de guardaespaldas a su hermana mayor, que ha sido amenazada de muerte en varias
ocasiones. En cuanto a los subordinados de Malalai Kahar, todos son hombres. Han tenido que aprender a trabajar con ella, y la
mayoría de ellos confiesa que les gustaría que hubiera más mujeres en la policía.
En su trabajo, Malalai afirma funcionar como un hombre, aunque entiende que eso es imposible. Además, sabe que
una mujer policía supone una gran ventaja en Afganistán, donde, según la tradición, los hombres no tienen derecho a entrar en
las dependencias del otro sexo. Y muchísimo menos a verificar lo que se esconde bajo el burka. Los soldados norteamericanos de
la coalición antiterrorista lo saben de sobra. A menudo han provocado la cólera a la población pastún por haberse atrevido a
registrar los cuartos de las mujeres en los hogares tradicionales.
Malalai Kakar es principalmente conocida por actuar contra los maridos maltratadores (una de cada cuatro
mujeres es maltratada por su marido en Kandahar), pero tampoco duda a la hora de enfrentarse a las ladronas o a las criminales.
Del mismo modo, castiga sin reservas a las mujeres adúlteras. “En nuestro país, es un delito, es la tradición”, se justifica.
Una vez, arrestó a una mujer que había planeado con su amante el asesinato del marido de aquélla. Sin embargo, aunque las envíe
a prisión por cometer pequeños hurtos, nunca las abandona. Las visita de manera regular ya que sabe que es la pobreza la que
empuja a la mayor parte de ellas a robar.
Su hazaña más conocida es la liberación de Anar Gul, una joven maltratada por su esposo opiómano. Las versiones
varían sobre las razones exactas de los daños infligidos. Aunque, lo que sí es cierto es que, después de su investigación,
Malalai encontró a Anar Gul en un estado de decaimiento físico indescriptible, encerrada en un sótano donde se alimentaba, como
si fuera un animal, de las sobras de la familia.
En el fondo, la suerte de Malalai Kakar está en haber tenido, en esta sociedad de hombres, un padre
“iluminado”. Siendo él mismo oficial de policía, quiso que su hija siguiese sus pasos. La hizo entrar en la policía con 15 años,
una edad en la que las demás son dadas en matrimonio o encerradas en sus casas.
Sin embargo, a finales de los años 90, la maravillosa carrera de Malalai fue interrumpida por los talibanes.
Amenazada de muerte por los estudiantes de teología, que habían tomado Kabul en 1996, esta joven tuvo que refugiarse en
Pakistán. Hoy, ha vuelto para participar en la reconstrucción de su país.
Trad.: Alcira Mulero (Facultad de Traducción y Documentación - Universidad de
Salamanca)
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