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The New Statesman
17 de septiembre de 2005
Por F
Brinley Bruton
Mientras el país se despierta de 25 años de guerra y desesperanza, una
joven política se está enfrentando a los señores de la guerra y ganándoles la batalla. F Brinley Bruton informa desde la
provincia de Farah.
Las temperaturas de agosto en la provincia de Farah, en la frontera
con Irán, pueden alcanzar los 50 ºC, dejando a los residentes aletargados. Pero los viernes, en la capital de Farah, la sede de
Malalai Joya, candidata al parlamento, es un hervidero de actividad. Todo el movimiento se concentra en torno a una mujer
derrumbada en una silla, con la cabeza inclinada hacia abajo y un lado de la cara hinchado. Dentro de la boca, que le cuelga
como si no le perteneciera, la lengua hurga con preocupación en los estropeados dientes.
"He aquí las mujeres de Afganistán", dice Joya. Le retira el velo negro a la mujer,
dejando al descubierto una maraña de pelo y sangre del tamaño de una pelota de golf en la parte superior de la cabeza. Tras la
oreja derecha se puede ver otro pedazo sanguinolento. Entonces, Joya desviste a la mujer, mostrando los cortes de su brazo
derecho, las moraduras de su pierna izquierda y las señales que recorren paralelas un enjuto pecho. Joya tiene que tirar de los
pantalones de la mujer para que ésta emita un gruñido y se cubra.
Sus padres cuentan que han acudido al centro de Joya para salvar a su hija de un cruel
marido. Se quejan de que la policía del lugar no haya hecho caso de sus muchos ruegos para que le detengan. El padre, panadero,
dice que es demasiado pobre para alimentar a sus seis nietos. Tan sólo dos días después del inicio oficial de la campaña, Joya
deja de acudir a un importante acto público en las celebraciones del Día de la Independencia de Farah para ayudar a la
maltratada a emprender las acciones correspondientes.
"¿Sabes que la han violado? Y no sólo eso: su marido la quemó", indica Joya, apuntando
con sus grandes ojos, que brillan bajo unas cejas que se alargan hasta tocar las sienes, hacia la entrepierna de la mujer. "He
aquí las mujeres de Afganistán".
Joya demuestra una franqueza inusual para una afgana, pero es que se trata efectivamente
de una inusual candidata a las elecciones parlamentarias, que se celebran el 18 de septiembre. Es mujer y sólo tiene 26 años en
un país que venera la sabiduría de las "barbas blancas" y donde muchos piensan que las mujeres no tienen sitio fuera del hogar.
Y al contrario que la gran mayoría de las mujeres candidatas, que luchan por conseguir el reconocimiento de las votantes, más
allá de sus propias familias, Joya cuenta con un amplio sector masculino que la apoya. Todos estos factores, unidos a su crítica
al gobierno por incorporar señores de la guerra, la llevarán con toda seguridad a hacerse con un escaño en estas históricas
elecciones. Fuera de Farah, otros afganos se están uniendo a su causa en un tiempo en el que el país se está despertando de 25
años de guerra y desesperanza.
Joya sólo lleva unas semanas haciendo campaña oficialmente, pero desde hace más de año y
medio se puede considerar una seria aspirante, gracias a un acontecimiento de dos minutos que cambió el curso de su vida y que
podría resultar vital para el futuro de Afganistán. En 2003, cuando Afganistán se esforzaba por recuperar el paso después de que
las fuerzas lideradas por EE.UU. derrocaran a los talibanes, la comunidad de Joya envió a ésta a Kabul para asistir a la Loya
Jirga constitucional, una asamblea de alrededor de 500 ciudadanos afganos importantes procedentes de todo el país y con el
mandato de redactar la nueva ley fundadora del país. Joya, una alfabetizadora de mujeres y trabajadora sanitaria, cuenta que al
poco de llegar comenzó a irritarla la "actitud antidemocrática" de quienes dirigían la asamblea. Así que pidió permiso para
hablar.
"Critico a mis compatriotas por poner en entredicho la legitimidad y legalidad de esta
Loya Jirga al permitir la presencia de los criminales que han llevado a nuestro país a la situación actual", es la intervención
de Joya recogida en el acta. "Es un error poner a prueba a quienes ya han sido probados. Se les debería llevar al tribunal
internacional".
Esto generó un gran revuelo, y se le apagó el micrófono a la oradora.
Algunos participantes saltaron de sus asientos y comenzó a resonar por toda la carpa el "Allahu akbar". Los responsables de la
asamblea pidieron que se expulsara y castigara a Joya, o que al menos se disculpara. Se quedó en su sitio sin disculparse,
oyendo como la llamaban infiel, niña malcriada y comunista.
A los occidentales les costará entender la valentía de su discurso. Sin dar nombres,
Joya había apuntado directamente a la clase más poderosa de participantes de la Loya Jirga: los muyahidines y "guerreros
santos", tan reverenciados por pelear contra los soviéticos y expulsarlos. Después de echar a los comunistas en 1989, muchos la
emprendieron salvajemente entre sí sin ningún miramiento por los civiles. Se calcula que murieron 50.000 residentes de Kabul
entre 1992 y 1994 como consecuencia de la lucha entre distintas milicias étnicas. Eso sin contar la infinidad de personas
violadas y mutiladas. Los grupos de derechos humanos responsabilizan de estas y otras atrocidades a las fuerzas de, entre otros,
Abdul Rasul Sayyaf, un líder pastún que mantiene lazos con Arabia Saudí, el comandante nor-uzbeco Abdul Rashid Dostum, y el
fallecido héroe tayiko Ahmed Shah Massoud. Posteriormente, EE.UU. contó con la ayuda de estos mismos muyahidines para derrotar a
los talibanes. Pese a estar implicados en violaciones de los derechos humanos, algunos de esos líderes ahora tienen puestos
ministeriales.
Su discurso le procuró a Joya poderosos enemigos y ya ha sobrevivido al menos a cuatro
intentos de asesinato desde entonces. A menudo viaja de incógnito y emplea a guardas armados. Con todo, su atrevimiento le ha
llevado a ganar premios internacionales y el reconocimiento de su gobierno. También se convirtió en una heroína para mucha gente
normal. Fue la campaña perfecta para conseguir su escaño.
Sólo con ser mujer Joya ya pertenece a un grupo selecto de candidatos a un puesto de los
249 de la Wolesi Jirga, la cámara baja del parlamento. Según la legislación afgana, el número de parlamentarias debe duplicar al
menos el de provincias, que son 34. Los escaños reservados se reparten proporcionalmente al número de escaños totales que tiene
cada provincia, con un mínimo de uno para cada una de ellas. De ahí que, en Farah, donde se presentan 38 hombres y otras dos
mujeres, respetadas aunque relativamente desconocidas, la fama, la poderosa red y formidable reputación de Joya otorgan a ésta
grandes posibilidades de victoria.
El corto discurso de Joya en la Loya Jirga sigue resonando en la principal avenida de
Farah, a lo largo de la cual se alinean tiendas que venden pliegos de tela iraní, discos compactos, motocicletas y pollos. Los
carteles de la campaña empapelan los muros. Las pocas mujeres que están en la calle llevan burkas azules que las cubren por
completo, o velos negros que sólo dejan al descubierto manos y cara. Los hombres dominan en número, pero el cartel que gana la
atención de todos es el de una mujer: Malalai Joya.
Mirwais Amir, de 23 años, propietario de la tienda de ropa Mujer de Hoy, muestra sus dos
carteles de Joya. "Entre todos estos hombre importantes, tomó la palabra para contradecirles. Como ciudadano de Farah, me siento
orgullosos de que haya sido una de nuestras hermanas", añade. "Me impresionó que fuera una mujer la que dijera eso en
Afganistán, donde ni siquiera los hombres lo hacen".
Pese a la popularidad de Joya en la calle, su batalla no es fácil. Su problema más
inmediato es la seguridad. Emplea a unos 12 guardas, recibe de manera regular amenazas de muerte y apenas visita zonas alejadas
de la provincia de Farah, por miedo a lo que pueda pasar. Cuando se desplaza, lleva un burka y la acompaña al menos otra mujer
con el mismo atuendo azul.
Estos temores son compartidos por muchos otros. "La violencia contra mujeres y niñas en
Afganistán es generalizada; pocas se ven libres de la realidad o la amenaza de la violencia", según un informe de Amnistía
Internacional de mayo. "Las mujeres y niñas afganas viven con el peligro de: secuestros y violaciones a manos de personas
armadas; matrimonios forzosos; ser vendidas para saldar disputas y deudas; y la discriminación cotidiana por parte de todos los
sectores de la sociedad y de los funcionarios del estado".
Lo demuestran unas estadísticas que ponen los pelos de punta. La esperanza de vida es de
45 años para las mujeres, situando al país cercano al último lugar en los indicadores internacionales. La mortalidad materna es
60 veces superior a la de los países industrializados: muere una afgana cada 30 segundos debido a complicaciones derivadas del
embarazo. Se calcula que saben leer y escribir entre el 3 y el 14 por ciento de todas las mujeres afganas.
Pero las mujeres no son las únicas que sufren. El escaso despliegue del contingente
militar internacional (11.000 soldados de la OTAN, en su mayoría dentro de o en los alrededores de Kabul, y unos 19.000 soldados
estadounidenses, casi todos en el sur) ha creado un vacío de poder, empeorado por un ejército nacional relativamente pequeño y
sin formación militar. Esto deja muchas zonas a merced de los señores de la guerra, que roban, matan, secuestran y violan,
afirman los críticos.
"Los señores de la guerra siguen influyendo en la vida de la gente", afirma Abdul Samat,
un "anciano" de 50 años. Viene desde Rigi, un pueblo cercano, para visitar a Joya y rogarle que le ayude en la búsqueda de
quienes secuestraron y mataron a uno de sus familiares, una niña de dos años. Aquéllos acudieron a la policía, pero sin
resultados. "No vivimos seguros, y hay constantes secuestros de niños", dice Abdul Samat. "¿Seguridad? Dígame dónde la hay. No
estamos seguros. Aquí sentado no tengo esa seguridad". No es más que una de las personas que continuamente acuden al centro de
Joya en busca de su ayuda y su apoyo.
Más tarde, Izatullah Wasifi, gobernador de Farah,
quita importancia a la supuesta inseguridad. "Nada de lo que le hayan dicho se ajusta a la realidad. Tenemos problemas como
en cualquier otra nación, cualquier otro país. Es cierto que los tenemos, como los tienen en Nueva York y California y en
Inglaterra", asevera Wasifi, que lleva en su puesto unos cuatro meses. Los gobernadores afganos no son cargos electos, sino que
son nombrados.
Le pregunto qué opina acerca de que los expertos en seguridad me hayan desaconsejado la
visita a la provincia, y de que las ONG hayan retirado su personal internacional. "No voy a negar que hay pequeños asuntos aquí
y allá", responde, argumentando que ha sido implacable con uno de los principales problemas de seguridad: los robos de
motocicletas, coches y camiones. "Hemos descubierto muchos de los casos y diría que hemos recuperado el 85 por ciento".
Los sucesos de después parecen confirmar los temores de Joya, y no la confianza de
Wasifi. El 31 de agosto, David Addison, un conductor de camiones británico que trabajaba en un proyecto de carretera, fue
secuestrado en la autopista Herat-Kandahar en Farah. Después le hallaron muerto. Murieron tres policías que escoltaban su convoy
en el primer tiroteo, y se desconoce el paradero de su intérprete. Según miembros del gobierno, detrás del ataque están los
talibanes. Se trata de sucesos inquietantes en una provincia con poca experiencia en acciones de insurgencia. Y Farah no ha sido
el único caso: hubo 19 muertes relacionadas con los talibanes en Afganistán a lo largo de la misma semana, según el Ministerio
de Exteriores. Aproximadamente 1.100 personas han perdido la vida violentamente a consecuencia de acciones de insurgencia en los
últimos seis meses.
La inseguridad afecta a todo el mundo. Muchos de los líderes de milicias provinciales,
conocidos como señores de la guerra, siguen controlando las zonas rurales, y el gobierno del presidente Hamid Karzai les tolera
o incluso les apoya. Es cierto que Karzai y sus aliados extranjeros están en la cuerda floja. Muchos dudan de que pueda
desembarazarse de los señores de la guerra, a pesar de haber prometido barrer los "criminales" del gobierno, incluido todo aquel
relacionado con el floreciente tráfico de drogas. A su favor, hay que decir que ha eliminado de su gabinete a algunas figuras
notorias como Mohammad Qassim Fahim, antiguo ministro de defensa y líder de la Alianza del Norte, que contribuyó a la derrota de
los talibanes. Pero aunque Karzai comenzara a perseguir a todos los señores de la guerra, distinguir a los criminales de los
jihadis honrados puede ser algo delicado. "Todo el mundo ha tenido algo que ver en distintos asesinatos y matanzas", afirma
Najia Zewari de UNIFEM (el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer). "Muchos están construyendo fábricas,
supermercados. De modo que no todos los comandantes son buenos, pero tampoco todos son malos".
Con todo, a muchos les preocupa que obtengan escaños en el parlamento o en los consejos
provinciales quienes estén relacionados con alguna de las atrocidades cometidas. Esta manía de tolerar a los comandantes a pesar
de su pasado hace peligrar el futuro de Afganistán, según Patricia Gossman, directora del Proyecto Justicia para Afganistán (Afghanistan
Justice Project), que ha criticado al gobierno de Kabul por no castigar a los responsables de violaciones de derechos humanos.
"Es un grave problema. Estas personas toman la justicia en sus manos".
Pero los señores de la guerra no son la única preocupación de Malalai Joya. Un amplio
círculo de hombres y mujeres depauperados trabajan para ella y dependen de ella, los restos del naufragio de un cuarto de siglo
de guerra. Dice Joya que la desgracia de esta gente siempre la ha impulsado a actuar desde que era una refugiada en los campos
de Pakistán. "Una vez conocí a una mujer que había vestido a su hijo con una mortaja y sólo le quedaba esperar a que muriera
porque no tenía dinero para llevarle al médico", contó. "Sólo podía esperar a que muriera".
Joya, que primero huyó con su familia a Irán a los cuatro años y luego se trasladó a
Pakistán, comenzó enseñando a otros refugiados a leer y escribir cuando sólo tenía unos 15 años. "Cuando volvía de los campos de
refugiados, me echaba a llorar y le preguntaba a mi padre, '¿por qué vive nuestra gente así?'". Otorga el mérito a su padre, un
antiguo estudiante de medicina que perdió una pierna luchando contra los soviéticos, de haber plantado la semilla que hizo
florecer su carrera política. "Él me puso el nombre de Malalai", añade. Malalai fue una heroína nacional que cambió el curso de
la Batalla de Maiwand contra los británicos en 1880. Según se cuenta, se arrancó el burka, tomó la espada y se puso al frente de
un batallón, llevándoles hasta la victoria.
Aunque Joya es sorprendentemente abierta acerca de casi todo, es extremadamente
reservada sobre su familia. No le gusta hablar de sus seis hermanas y tres hermanos, de los cuales sólo uno vive en Farah. La
mayoría de sus familiares viven en una ciudad dominada por uno de sus poderosos enemigos, explica. Sí habla, sin embargo, sobre
su marido, Saroj Ahmad, estudiante de agricultura en Kabul.
"Quise mostrar a la gente que me había casado con una persona que me quiere de verdad,
confía en mí y me ayuda", afirma. Además, ser soltera era un problema en este país tan conservador. "Soy una chica joven y me
movía a todos los sitios con guardas. La gente lo comentaba".
Hace veinte meses era una voz solitaria que le hablaba a un país extenuado. Desde
entonces, se le ha unido un coro cada vez mayor pidiendo que se aplique la justicia por igual a todos los afganos, desde la
mujer de extracción más baja al comandante más poderoso. Apoyándose en el llamamiento de otros candidatos políticos y de
organizaciones de derechos humanos para que se les excluya a los señores de la guerra del gobierno, cualquiera que sean sus
credenciales, Joya promete ser una fuerza importante tras las elecciones. Su mensaje cala hondo entre aquellas personas que han
recobrado el valor y no quieren seguir aguantando, como Farishta, que vive en el otro extremo del país, en Kabul.
"Perdí a mi marido durante el periodo talibán, y ningún comandante me ha preguntado
'¿qué tal lo llevas? ¿En qué situación te encuentras? ¿Cómo podrás alimentar a tu familia?'", dice esta mujer de 38 años
mientras cose un botón a un largo mantón negro. Farishta, que sostiene a sus cuatro hijos remendando ropa en el Parque de
Mujeres, de Kabul, no podía trabajar en la época de los talibanes, a pesar de ser viuda. Ahora tiene un trabajo y a sus hijos
quizá les espere un futuro digno. "Joya siente nuestro dolor", dice Farishta. "Es como nosotras".
Trad.: Jesús Torres del Rey |