Revista You! (Grupo The News International)
5 de julio de 2005
El campo de refugiados para afganos de Khewa está situado en las afueras
de Peshawar. You! resalta el ambiente progresista del campo y la gran labor de la Asociación Revolucionaria de
las Mujeres de Afganistán (RAWA) dirigiendo una escuela-albergue para
las niñas de Khewa |
Por Erica Ahmed
Sus ojos tenían un brillo especial al decir "Quiero organizar cursos para enseñar a las niñas de aquí sus derechos
y valores. Volver a Afganistán y convertirlo en un país donde todos puedan aprender". La joven estaba embriagada de entusiasmo,
un poco impresionada, eso sí; pero con los pies en el suelo. Acababa de subir al escenario para recoger su título de graduada.
Para los 4.000 residentes del campo de refugiados de Khewa, situado en las afueras de Peshawar, la recientemente
celebrada ceremonia de graduación de sus hijos ofrecía un momento de esperanza. Los estudiantes encarnaban con la ceremonia una
gran promesa de futuro, la de contribuir a cambiar la situación que sufren los afganos, y en especial las afganas.
Como la mayoría de los campos de refugiados repartidos por todo Pakistán, Khewa se ha ido vaciando lenta pero persistentemente.
El gobierno pakistaní decidió intervenir en la reconstrucción de Afganistán fomentando la vuelta de muchos refugiados a Afganistán.
La ONU también ha hecho esfuerzos concretos a este respecto. Los repatriados se han encontrado con dificultades extremas debido
a una economía desolada y al continuado clima de violencia. Como señaló el director de la escuela de niñas de Khewa en su discurso
de la ceremonia de graduación, "aún no se han devuelto las armas ni se ha acabado con los señores de la guerra".
Para los jóvenes, y en particular para las niñas que acuden a la escuela, la vida en Afganistán se caracteriza
por un miedo paralizador a las agresiones físicas. Como se explicaba en un informe recientemente publicado por Amnistía Internacional,
la violencia contra las mujeres en el país es tal que "cada día las mujeres corren el riesgo de ser secuestradas y violadas por
personas armadas. El gobierno está haciendo poco para mejorar su situación". Las agresiones a las mujeres apenas se investigan o
castigan.
Sólo se han reconstruido unas pocas de las escuelas que se destruyeron durante la época talibán y la subsiguiente
invasión estadounidense, de modo que muy pocas niñas tienen centros educativos cerca de sus hogares.
En lugar de renunciar a la educación, muchas niñas han decidido quedarse solas en los campos de refugiados mientras
sus familias regresan a Afganistán. Este acto de sacrificio es un claro indicativo de lo difícil que está la situación para las
mujeres en Afganistán. También lo es de que, a pesar de la vuelta cada vez más masiva de los afganos, sigue habiendo una gran necesidad
de programas educativos en el lado pakistaní de la frontera.
Nadie lo sabe tan bien como las niñas en la situación de Feroza, alumna de décimo año (niveles intermedios de secundaria),
cuyos padres y hermana tuvieron que regresar al este de Afganistán. Su padre, médico, decidió que ella se quedara en Khewa y siguiera
yendo a la escuela. Las escuelas del pueblo de Feroza fueron destruidas, y la zona es demasiado volátil para que ella pueda viajar
a la ciudad más cercana.
"Mi hermana mayor tuvo que quedarse en Afganistán para ayudar a mi madre", explicaba Feroza. "A todos nos da pena
que no pueda ir a la escuela... pero es que allí no es nada seguro. Mis padres tienen miedo de que la secuestren si sale de casa".
Feroza supone una esperanza para su hermana. "Cuando regrese a casa, le enseñaré todo lo que aprendí aquí. Le gusta mucho aprender".
Khewa se encuentra a veinte minutos por un camino polvoriento y lleno de baches de la Carretera de Peshawar, la
principal vía que conecta Lahore con Kabul. El paisaje presenta una monótona serie de promontorios de arena, hornos de ladrillo
que expulsan un tóxico humo negro y núcleos de chabolas y tiendas en las que viven los refugiados.
Al contrario que en otros campos cercanos controlados por fundamentalistas, en Khewa no se ha impuesto el purdah.
De hecho, tras la ceremonia de graduación, los hombres y mujeres del campo se reunieron en la plaza principal para celebrar el tan
duramente logrado éxito de los recién graduados.
Ellas parecían llevar la voz cantante entre los estudiantes, tanto en número como en algarabía. La mayoría de ellas
llevaba el uniforme escolar azul y blanco, aunque muchas tenían puestas las vestimentas tradicionales afganas: vestidos rojos de
terciopelo con dupatta de color verde y bordes ricamente decorados en oro. Y hacían ondear con entusiasmo la bandera roja, verde
y negra de Afganistán.
Para aón.
La ceremonia comenzó con un discurso a cargo de Arif, que se centró en los problemas actuales de los afganos que
viven a ambos lados de la frontera. "Pensamos que tras el fin de los talibanes, la situación mejoraría", explicó en persa, "pero
en algunos aspectos ha empeorado porque los señores de la guerra se han visto legitimados... y aún no existe una democracia en Afganistán".
Su atención se desplazó entonces a la esperanza que ofrece la educación. Como expresó uno de los estudiantes que
se graduaban, "somos el futuro de nuestro devastado país". Un grupo de niñas de primaria se hizo eco de este sentir en una canción:
"somos las aves que traen la luz, volamos en pos de la educación", cantaban. La monótona música de fondo no hacía sino subrayar
la diáfana confianza que expresaban sus jóvenes voces.
A la vez que daba comienzo la entrega de certificados, una ventisca de polvo empezó a barrer el campo. Las tormentas
de arena son un fenómeno frecuente en esta zona, así que las mujeres se cubrieron de manera rutinaria la boca con el extremo de
su dupatta y continuaron con la función. Pero cuando el colorido toldo a rayas que cubría el escenario se elevó parcialmente por
el viento, saliéndose de los postes metálicos que lo sujetaban, los asistentes corrieron a refugiarse a otra parte. Esperaron a
que amainara la espesa tormenta tomando una taza de té tras otra y jugando una y otra partida de cartas.
La entrega de diplomas se retrasó hasta la tarde-noche, a lo que seguiría un programa musical en honor de los graduados.
La fiesta culminó con un vibrante atan, el baile nacional afgano. Nueve hombre saltaban, daban vueltas y agitaban el cuerpo en un
exuberante y mareante círculo al ritmo de los gritos de ánimo de la multitud.
Unas 70 niñas que asisten a la escuela de Khewa están en la misma situación que Feroza, viviendo lejos de sus familias
para conseguir una educación y una seguridad que su país natal aún no les puede dar. Tanto la escuela como el albergue están dirigidos
por RAWA, una organización de base popular que lleva a cabo programas por todo
Pakistán y Afganistán.
Los medios de comunicación occidentales ofrecen una imagen de mejoras en Afganistán, con lo que la atención del
mundo se ha desplazado a la crisis de Irak. Como consecuencia, se han reducido drásticamente los fondos destinados a la educación
de refugiados afganos, obligando a RAWA a tomar dolorosas decisiones.
"Hemos tenido que rechazar a muchas niñas que querían quedarse y seguir estudiando", afirmó un miembro de RAWA. "Es difícil saber a quién decirle que no. Intentamos quedarnos con las niñas
que muestran un mayor potencial pero que a la vez tienen menos posibilidades de educarse en casa".
Mientras que Kabul se ha estabilizado, las zonas rurales siguen siendo un polvorín. El norte del país es particularmente
inseguro.
Meena, una niña de baja estatura y ojos profundamente oscuros, pronunció las siguientes palabras: "estudié gracias
a RAWA. En Afganistán no podía ni siquiera salir de casa". A pesar del fin de las
restricciones de la época talibán, en el pueblo de Meena sigue siendo peligroso que las mujeres sean vistas fuera del hogar si no
están cubiertas completamente por el burka.
En Khewa, niñas y mujeres disfrutan de una vida activa desde el punto de vista educativo, físico y social. Se visten
a su gusto (la mayoría de las niñas cubriéndose la cabeza con la dupatta). Se mueven libremente y van a funciones públicas como
los foros semanales de RAWA. Estos foros han contribuido a sensibilizar acerca
de asuntos sociales y políticos.
Los programas deportivos escolares han mejorado considerablemente la salud y la confianza de todas las niñas del
lugar. "Me siento bien cuando juego", comenta Freba, de 14 años, "con fuerza y salud". En un campo de juego vallado, se les enseña
fútbol, cricket y karate a las niñas.
El ambiente que hoy se respira en Khewa es el resultado de años de enormes esfuerzos por parte de los miembros
y simpatizantes de RAWA. Durante la primera época de existencia del campo, según
recordaba uno de los residentes más veteranos, "la gente era reticente incluso a enviar a sus hijas a la escuela". Las mujeres del
lugar trabajaron incansablemente para convencer a los padres de que educaran a sus hijas, yendo a menudo de puerta a puerta para
vencer la reticencia de aquéllos.
A esto contribuyó el que mejorara la seguridad del lugar. En la década de 1990, el terror causado por los ataques
que perpetraban los fundamentalistas del otro lado de la frontera impedía aventurarse más de unos pocos pasos fuera de casa. "Era
impensable que las niñas salieran por la noche", explicó un residente del campo, "y ninguna se atrevía a salir sin la bufanda".
Los esfuerzos de RAWA se ven recompensados en casos como los de
Feroza, Meena y Freba. "La escuela me ha enseñado a expresarme libremente", afirma Feroza, "y puedo hacer frente a todo el mundo,
donde sea". Feroza nos confió que espera poder usar esta habilidad para trabajar como abogada y "luchar contra la gente cruel, como
los talibanes, aquellos que hacen daño a las mujeres". Meena comenta que quiere ser periodista para contarle lo que le pasa a los
afganos. Freba quiere ser ingeniera porque "me encanta la ciencia, y quiero ayudar a reconstruir mi país".
Les pregunté a las niñas que es lo que menos les gustaba de la vida en Khewa, y su respuesta fue unánime:"¡El polvo
que hay!" Si el lugar era ya polvoriento, el aire empeoró aún más con la proliferación de los hornos de ladrillo.
El polvo satura el aire y embota los sentidos del mismo modo que el extremismo religioso que tanta destrucción
ha causado en Afganistán. Pero si bien es cierto que poco pueden hacer contra el polvo, las niñas de Khewa, con su sonrisa de orgullo
el día de la graduación, han logrado elevarse como el fénix por encima de las fuerzas opresoras del fundamentalismo.
Fuente: http://jang-group.com/thenews/jul2005-weekly/you-05-07-2005/index.html
Trad.: Jesús Torres del Rey |