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La triste historia de las niñas del refugio de Herat

 

The Nation Magazine, enviada el 16/09/2004 (número de 4/10/2004)

Por Ann Jone

La Administración de Bush afirma haber establecido la democracia en Afganistán. ¿A qué "democracia" se refiere cuando más de la mitad de la población es propiedad de la otra parte? En la tradición afgana, todas las mujeres y niñas han de depender de un hombre, sea su padre, marido, hermano, hijo o tío. Los hombres afganos venden a sus hijas en matrimonio de forma rutinaria, a menudo cuando tienen bastante menos de la edad legal para ello, 16 años, y reclaman una "dote de compra" como compensación por haberlas criado. A veces entregan a mujeres de su familia para saldar deudas o litigios con otros hombres. Se lo llame tradición o costumbre típica del lugar, la realidad es que a las mujeres y niñas afganas se las sigue comprando, vendiendo e intercambiando como a objetos.

 

Hasta el momento, el gobierno de Bush se ha enfrentado al problema ignorándolo y repitiendo la línea oficial, según la cual las afganas fueron "liberadas" cuando se expulsó a los talibanes, como si las ideas acerca del papel social de las mujeres, que tan arraigadas están en la religión y la cultura, se pudieran desechar como viejos burkas, unas prenda que, por cierto, sigue llevando la mayoría de las mujeres. El problema lo es también para las organizaciones internacionales que tratan de reconstruir el estado y la sociedad civil afganos: ¿cómo se puede mejorar el respeto de los derechos humanos para las mujeres, tal y como se conciben en Occidente, mientras se trata de interpretar la realidad a la luz de una cultura que entiende las cosas de manera tan diferente? Las consecuencias de este dilema son a veces terribles.

 

Un triste ejemplo de ello nos lo proporciona la historia de las niñas del refugio de Herat.

 

Estas veintiséis mujeres (la mayoría adolescentes cuando todo sucedió) empezaron a llamar la atención de los activistas pro derechos humanos en enero del año pasado después de que un hombre informara al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) de que estas refugiadas se hallaban prisioneras en un albergue del Ministerio de Asuntos Exteriores, retenidas "para su propia protección" por Ismail Khan, el conocido gobernador dictatorial (o señor de la guerra) de Herat, en el oeste de Afganistán.

 

A ACNUR le costó tres meses conseguir acceso al albergue (allí llamado "Jardín de libertad") para poder hablar con las mujeres. Mediante diversas entrevistas, los investigadores de ACNUR lograron completar poco a poco el puzzle de lo que había sucedido. Las mujeres resultaron ser doblemente refugiadas. La mayoría había huido de Afganistán a Irán con su familia durante las guerras civiles que asolaron aquel país. Crecieron en Irán, acostumbrándose a más libertad de la que hubieran tenido en Afganistán: podían caminar libremente por las calles, ir al bazar o a las casas de sus amigas. Pero entonces, algo terrible le ocurrió a cada una de ellas. A L. la vendieron a los 13 años en matrimonio a un señor mayor que la violó y pegó repetidamente hasta que ella logró escaparse. M. huyó de su casa después de que su padrastro iraní abusara sexualmente de ella a la edad de 14 años. A otras las maltrataron y echaron de casa sus padrastros tras negarse, como suelen hacer los hombres afganos, a mantener al hijo de otro hombre.

 

Una tras otra, las fugitivas fueron llegando al cetro del Imam Reza en Mashad, el lugar de peregrinaje más importante de Irán, donde hallaron temporalmente refugio en albergues para peregrinos. Allí, algunas de ellas se mezclaron con los proxenetas, traficantes y contrabandistas de drogas que acechan el lugar, y comenzaron a trabajar para ellos. A algunas de las que fueron captadas de forma reiterada por las cámaras de seguridad las recogió la policía. De manera oficial, o semioficial (ya que los informes de este caso siguen siendo "internos" e incompletos), se clasificó a las chicas como "mujeres no acompañadas". Eran mujeres no dependientes de ningún hombre de su familia, y como todas las mujeres independientes, por definición, "malas". Algunas de las mujeres afirman que se las llevó ante la justicia en Irán para despacharlas con expedientes urgentes de deportación, pero a falta de documentación, parece posible que a muchas de ellas se las entregara a un oficial de aduanas afgano, sobrino de Ismail Khan, y, en definitiva, al propio gobernador de Herat. Varias de las chicas les contaron a los investigadores que un día "los hombres de Ismail Khan" se las llevaron y las hicieron cruzar la frontera para "refugiarlas" en el cercano Herat.

 

Lo que allí ocurrió no está nada claro, y las propias mujeres no se han mostrado muy dispuestas a hablar de ello. Al contrario que las mujeres occidentales, que a menudo dan cuenta de haber sido víctimas de agresiones, las afganas saben que cualquier cosa "mala" se les echará en cara a ellas mismas. (De hecho, a las víctimas de violaciones se las puede encarcelar por participar en actividades sexuales delictivas.) En el nuevo albergue, las mujeres vivían apiñadas y vigiladas por hombres. Algunas de las chicas más jóvenes contaron que un grupo dominante de cinco o seis de sus compañeras mayores tuvo "relaciones" con los guardias, y que a menudo se iban "de pícnic" con éstos. Los investigadores de ACNUR encontraron pruebas de palizas a manos de los guardias, peleas entre las mujeres, automutilaciones e intentos reiterados de suicidio, así como profundas perturbaciones psicológicas. S., de 20 años, temía que su familia la matara por haber practicado el sexo. N., de 18, intentó suicidarse con una inyección. K., también de 18, trató de tirarse a un pozo. N., de 21, quiso ahorcarse. M, de la misma edad, se roció a sí misma con queroseno y sólo la intervención de otras mujeres la salvó de la autoinmolación. Y la lista continúa, en la que se da cuenta de enfermedades físicas y "discapacidades" psicológicas, que probablemente indicaran estrés post-traumático. Dos o tres de las mujeres eran incapaces de pronunciar una sola palabra.

 

Tras la investigación, se le convenció a Ismail Khan para que entregara a las mujeres, ahora denominadas oficialmente "retornadas" por ACNUR. Este organismo de las Naciones Unidas, que no proporciona atención directa, las remitió a Shuhada, una ONG afgana encabezada por la Dra. Sima Samar... que ahora preside la Comisión Afgana Independiente de Derechos Humanos. Sin dilación, estableció un "refugio" en Kabul para las mujeres, y les prometió alfabetizarlas y formarlas para trabajar.

 

Pero en Kabul, la situación empeoró rápidamente. Aunque a ninguna se la imputó ningún cargo, se las volvió a encerrar, esta vez más apiñadas aún, y de nuevo con vigilantes del sexo masculino. La formación prometida resultó ser de tejedoras de alfombras, una penosa empresa lucrativa destinada a compensar los gastos que ocasionaba su mantenimiento. Las mujeres se negaron a hacerlo. Y empezaron a rebelarse. Se maquillaban. Se vestían de forma provocativa. Ponían música a todo volumen. Bailaban.

 

ACNUR llamó a Medica Mondiale, una ONG alemana con experiencia (en Bosnia, Kosovo y Albania) en ayudar a mujeres que habían sido víctimas por partida doble de la guerra y las agresiones de los hombres. Sus psicólogos y doctores diagnosticaron a las mujeres un cuadro de trauma profundo debido a la violencia física y sexual, y a una sensación enorme de pérdida: pérdida de un hogar y una familia, y en ocasiones de los hijos que habían tenido que abandonar. Pero según Sylvia Johnson, una psicóloga alemana que pasó muchas horas en el "refugio" durante meses, la mayor parte de las chicas no sufrían depresión. Por el contrario, sentían ira por estar encerradas.

 

"Se mostraban desafiantes," dijo Johnson, "como una banda de chavales de barrios bajos", pero no agresivos, sino maliciosos. Se trataba de un grupo de jovencitas que se dejaba inspirar por las fantasías de las películas indias de Bollywood. Y quisieron convertirse en estrellas de cine. Tenían una gran capacidad de lucha. Eran supervivientes".

 

Unas cuantas lograron escapar, aunque poco después la policía detuvo a dos de ellas por "no ir acompañadas", y las encarceló. De éstas al menos a una se la envió a un centro psiquiátrico con su hija de corta edad, a la que se pasa el día frotándole los genitales de manera obsesiva. Impaciente por desembarazarse del resto, la Dra. Samar envió a media docena de las chicas más brillantes a una clínica asociada a Shuhada, en la cordillera central, con la intención obvia de formarlas como enfermeras. Por último, la pasada primavera ofreció a las chicas restantes en matrimonio. Esto es, hizo saber que había mujeres disponibles, de manera que empezaron a acercarse a preguntar algunos hombres del lugar. Cuando uno de éstos elegía a una chica, la Dra. Samar solicitaba el consentimiento a la posible novia. O aceptaba la elección o debería permanecer encerrada. Sólo dos de las mujeres se negaron a casarse.

 

Al contrario de lo que ocurre con la mayoría de las novias afganas, a estas mujeres se las entregó a cambio de nada, lo que atrajo a hombres con escasas expectativas o capacidad económica. Parece ser que una de las chicas se casó con un pariente de una de las mujeres de la limpieza de Shuhada.

 

Una representante afgana de ACNUR, desde Kabul, alabó a la Comisión Afgana Independiente de Derechos Humanos por ocurrírsele una solución tan creativa a lo que de otro modo hubiera sido un problema irresoluble, el de las mujeres independientes. La propia Dra. Samar mantiene que les hizo a las mujeres un gran favor al abogar por ellas y devolverles a un lugar legítimo dentro de la sociedad afgana. "Si no hubiera sido por mis recomendaciones, no hubieran encontrado marido", afirmó. "¿Qué más se hubiera podido hacer? No podíamos retenerlas eternamente". La suya es una pregunta retórica, como si a nadie se le pudiera ocurrir otra cosa, como si hubiera tenido algún tipo de derecho legal a retenerlas.

 

Durante los últimos meses, se ha advertido a los cooperantes internacionales que trabajan en Afganistán de que no mencionaran el asunto de los derechos de las mujeres antes de las elecciones presidenciales afganas, ahora programadas para octubre, para evitar una reacción "conservadora", que podría derribar el gobierno de Karzai y dar una mala imagen de la capacidad de reconstrucción nacional de George W. Bush. A los defensores de las mujeres, se les recuerda que una rebelión armada derrocó al reformista Rey Amanullah en 1929 tras intentar abolir el purdah, y lo mismo le ocurrió al presidente Taraki en 1979 después de permitir que las niñas acudieran a la escuela. Los defensores de los derechos humanos piden cambios similares en la actualidad (una edad legal mínima para casarse, la abolición de la "dote de compra" de novias y una educación igualitaria), y, de hecho, tras haber firmado acuerdos internacionales por los derechos humanos, como la CEDAW (la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, de 1979), Afganistán está obligada a llevarlos a cabo. Pero en la actualidad, la sombra del retorno de los talibanes, el mismo tipo de fuerza "conservadora" que en el pasado expulsó tanto a reyes como a comunistas, planea sobre Kabul como una nube cada vez más amenazadora.

 

A pesar de todo, quise averiguar qué había sido de las chicas del refugio de Herat. Shuhada me proporcionó las direcciones de las recién casadas para que pudiera comprobar por mí misma qué felices eran. Hablé con una chica joven, con graves magulladuras, que me dijo que su marido y su hermano le pegaban frecuentemente. Y que esperaba poder escaparse. Oí que otra de las novias ya había logrado huir. Pero las otras direcciones de la lista no me llevaron a ningún sitio. No se tenía noticias de las mujeres.

 

En julio, la Dra. Samar les dijo a las dos niñas que habían rehusado casarse, ya con 18 años, que eran demasiado mayores para vivir en el refugio. Y les dio a elegir: casarse o marcharse. Firmaron un documento en el que declaraban que el refugio no les debe nada, y se fueron: mujeres no acompañadas de nuevo, o quizá, por el momento, libre.

 

Ann Jones es la autora del reciente Looking for Lovedu (Knofp), en el que narra un viaje a través de África. Ahora está trabajando en Kabul in Winter (Kabul en invierno), un libro acerca de sus experiencias como cooperante en Afganistán, que publicará Metropolitan Books/Henry Holt.

 

Trad.: Jesús Torres del Rey

 

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