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Los aliados dan de lado al pueblo afgano,
que vuelve a tener la guerra como cruel compañera

 

 

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En su cruzada contra los talibanes, George W. Bush y Tony Blair hicieron grandes promesas

que ahora suenan vacías.

 

¿Qué repercusiones tiene todo ello para Irak?

 

The Independent/Reino Unido, 25 de mayo de 2004

 

por Kim Sengupta

 

La carretera que sale del pueblo de Ozbin Khol ha dejado de ser segura. Los ocho cooperantes, apretados dentro de un Toyota Landcruiser, estaban deseando llegar a su destino, Sarobi, antes del anochecer. Pero les detuvo un pinchazo. Dos jóvenes con Kalashnikovs y las caras tapadas surgieron de la oscuridad, pusieron a los ocupantes del vehículo alineados y abrieron fuego, matando a cinco de ellos.

 

 

Estos asesinatos se produjeron a finales de febrero en la provincia de Paktika, al sudeste de Kabul. El mes siguiente, irrumpieron otros hombres armados en un hostal cercano a la ciudad sureña de Kandahar, acabando con la vida de tres cooperantes más. Hace dos semanas, murieron dos europeos (uno de nacionalidad suiza) tras ser apedreados y apuñalados en Bagh Chilsthan, a tan sólo 15 minutos en coche del centro de Kabul.

 

Estos salvajes acontecimientos se vieron reflejados, aunque brevemente, en los medios de comunicación internacionales, ya porque las víctimas eran occidentales ya porque tenían vínculos con organizaciones internacionales de cooperación. Pero ha habido otras muertes, como la de 15 niños a consecuencia de los ataques de aviones estadounidenses, que trataban de acabar con un jefe miliciano en diciembre. Otros doce afganos perdieron la vida durante las semanas siguientes, que bien podían ser combatientes enemigos, según los norteamericanos, o víctimas civiles colaterales.

 

En Herat, la lucha fratricida entre las fuerzas del jefe miliciano Ismail Khan y las del gobernador nombrado por el gabinete del presidente Hamid Karzai se llevó las vidas de 100 personas, entre los que se encontraba el hijo de Khan.

 

Éstos no son sino retazos de un conflicto interminable en Afganistán, una guerra de desgaste que se libra en la sombra mientras los objetivos de los medios de todo el mundo siguen sobre Irak.

 

La guerra de Afganistán era, por supuesto, el primer capítulo de la Guerra contra el Terror lanzada tras el 11 de septiembre. Tras una campaña relativamente rápida y sin apenas víctimas (entre los soldados norteamericanos, no tanto para los civiles afganos), George Bush proclamó su victoria. Y Tony Blair prometió: "Esta vez no os dejaremos solos", como sí había ocurrido tras la guerra de los muyahidines contra Rusia, apoyada con armas y dinero occidentales.

 

Pero eso precisamente, afirman muchos afganos, es lo que Estados Unidos y Gran Bretaña han hecho. Y del mismo modo que la declaración oficial del fin de las hostilidades en Irak ha dado paso a más y más violencia, la guerra se ha vuelto a convertir en la cruel compañera de los afganos. Al concentrarse el interés internacional en Irak, el dinero para ayuda al desarrollo de Afganistán se ha volatilizado. Hasta la fecha, la factura militar para el Pentágono es de 50.000 millones de dólares. Por el contrario, sólo se han destinado 4.500 millones de dólares para labores humanitarias. De ellos, gran parte de los 2.200 millones de dólares comprometidos para este año se han desviado de la partida de ayuda al desarrollo a largo plazo para pasar a financiar proyectos militares y ayuda de emergencia.

 

Allí donde sí hay dinero para fines humanitarios, las malas condiciones de seguridad están impidiendo su reparto. Las cinco personas asesinadas en Paktita trabajaban para el Programa Nacional de Solidaridad (SDF), que está saliendo ahora de 72 zonas del país en las que intervenía.

 

Ihsanullah Dileri, responsable de coordinación de esta organización afirmó desde su despacho de Kabul: "Estamos ante una situación crítica. Teníamos 60.000 dólares para invertir en cada una de esas 72 zonas, y ahora ya no es posible.

 

Todas esas regiones tienen terribles necesidades, y la gente no dispone de los mínimos servicios e infraestructuras. Pero me temo que la falta de seguridad no nos permite continuar nuestra labor. Es demasiado peligroso".

 

Barbara Stapleton, de la Red de coordinación de ONGs afganas (ACBAR), en la que participan 90 organizaciones de ayuda nacionales e internacionales, añadió: "Estamos muy preocupados por la falta de seguridad y el deterioro de las condiciones. La impunidad campa a sus anchas por el país. No sólo está expuesta a este grado de inseguridad la comunidad de ONGs, sino el pueblo afgano en general".

 

Hay indicios también de que las fuerzas militares estadounidenses están utilizando la ayuda al desarrollo para obtener información. Mientras repartía mantas y comida a los refugiados de Dwamanda, en el sur, el teniente Reid Finn no tenía reparos en decirles a los periodistas: "Es muy fácil. Cuantos más enemigos nos ayuden a encontrar, más regalitos les damos". Según Teena Roberts, la responsable de la misión Christian Aid (Ayuda Cristiana) en Afganistán, "como consecuencia, los cooperantes se han convertido en objetivo de ataques. No había visto nunca antes una utilización de la ayuda igual".

 

Tras la caída de los talibanes, las calles de Kabul solían estar llenas hasta el toque de queda de las 10 de la noche. Ahora están desiertas ya a las 8 de la tarde, y sólo se atisban los faros de unos pocos coches solitarios que se precipitan en la oscuridad. Los extranjeros viajan en convoyes, con guardias armados. Amanullah Haidar posee una tiendecilla a unos 100 metros del Hotel Mustafá, en el centro de la ciudad, uno de los pocos sitios considerados seguros para que la comunidad extranjera se reúna por la noche, ya que los dos hermanos propietarios llevan pistoleras a los hombros y hay guardias armados con rifles semiatomáticos custodiando la puerta principal.

 

"Estamos decepcionados por la falta de avances, de dinero, de empleos", se quejaba Haidar, un antiguo soldado tayiko de la Alianza del Norte. "Me acuerdo de todas estas personas, venidas de Europa y Norteamérica, que nos decían cuánto nos iban a ayudar. Pero ¿dónde están las fábricas y los despachos que creíamos que conseguiríamos? ¿Qué pasa con las elecciones que nos prometieron?"

 

El Presidente Hamid Karzai se ha visto obligado a postponer las elecciones hasta el otoño debido a la inestabilidad. Sólo se han inscrito algo más de un millón y medio de personas de los diez y medio con derecho a voto. En el cinturón pastún, donde sigue habiendo una fuerte influencia talibán, el porcentaje de mujeres inscritas no llega al 20%.

 

La emancipación de las mujeres, que permanecían bajo el yugo fundamentalista talibán, era uno de los objetivos declarados de Occidente. Incluso antes de que concluyera la guerra, la primera dama estadounidense, Laura Bush, afirmó: "Gracias a nuestras recientes victorias militares en gran parte de Afganistán, las mujeres ya no son prisioneras en sus propios hogares. La lucha contra el terrorismo también lo es por los derechos y la dignidad de las mujeres".

 

Según un informe de Amnistía Internacional, sin embargo: "Tras dos años de la caída del régimen talibán, tanto la comunidad internacional como la administración de transición afgana, dirigida por el Presidente Karzai, han demostrado ser incapaces de proteger a las mujeres. El riesgo de ataques sexuales y violaciones por parte de miembros de milicias y antiguos combatientes sigue siendo alto. Los matrimonios a la fuerza, sobre todo de niñas, y la violencia contra las mujeres dentro de la familia son habituales en muchas zonas".

 

Tras la guerra, decenas de escuelas para niñas volvieron a abrir sus puertas por todo el país. Pero el repunte del islamismo fundamentalista ha llevado a muchas ellas a cerrar tras episodios de intimidación. Las familias que se atreven aún a enviar a sus niñas a la escuela pueden pagar un terrible precio por ello. A principios de mayo, tres niñas, de entre ocho y diez años, resultaron envenenadas en el este del país, según parece como castigo por asistir a clase.

 

El gobierno destaca, sin embargo, que se han matriculado cuatro millones de alumnos este año, entre los que se encuentra un tercio de las niñas afganas.

 

Los veinticinco años de guerra han acabado con todo rastro de infraestructura en Afganistán. En algunas regiones, como la meseta de Shomali, los talibanes y sus aliados pakistaníes destrozaron sistemas de irrigación centenarios como parte de su política de tierra arrasada contra la Alianza del Norte.

 

Tras la última guerra, se llevaron a cabo intentos de restaurar el suministro de agua y electricidad. Pero los ataques sistemáticos de los talibanes contra las líneas eléctricas y los proyectos de irrigación, y los asesinatos de ingenieros extranjeros, han paralizado casi todo. En la actualidad, sólo el 9% de la población tiene acceso a la electricidad. El agua potable sólo está disponible para un 6%. El Banco Mundial ha autorizado un préstamo de 40 millones de dólares para proyectos hídricos, pero aunque los fondos se pueden invertir ya en el norte y el oeste, resulta demasiado peligro en el cinturón pastún del sur y el este.

 

La ONU ha subrayado que la irrigación es esencial para la agricultura en un país en el que la gran mayoría de la población vive en zonas rurales. Y sin embargo, no escasea un cultivo en particular: el opio. La cosecha de la amapola alcanzó un nuevo máximo el pasado año. Según datos del organismo de la Presidencia estadounidense responsable de la política nacional de control de drogas, las zonas de cultivo han pasado de 1.685 hectáreas en 2001 a 61.000 en 2003. Afganistán tiene el muy dudoso honor de generar el 75% de la producción mundial.

 

DATOS ILUSTRATIVOS

 

SANIDAD

Salud reproductiva femenina: cada 20 minutos muere una mujer durante el embarazo o el parto

2002: Los embarazos y los partos son la causa principal de muerte de las mujeres

Sólo hay 500 matronas formadas para una población femenina de 11 millones.

 

Esperanza de vida:

2001: 46

2004: 43

 

Mortalidad de menores de cinco (en el ranking mundial):

2001: 4

2004: 4

 

Sarampión: 2000: 1.400 casos al mes

2003: 40 al mes

 

Polio:

1999: 27 casos registrados

2003: 7 casos registrados

2004: 3 casos registrados

 

NIÑOS SOLDADO:

8.000 niños soldado en el ejército regular

Febrero de 2004: el gobierno comienza a desmovilizar a 2.000 niños soldado

Mueren 400 niños cada mes por minas antipersonal

 

EDUCACIÓN

Cuatro millones de niños y niñas escolarizados

De los cuales 1.200.000 son niñas; el objetivo es que otro millón más acuda a la escuela.

 

Ratio neto de escolarización primaria:

1995-99: H:M 53:5

2004: H:M 42:15

 

Alfabetización adulta total:

1995-99: 32

2004: 36

 

PRODUCCIÓN DE OPIO

2001: 185 toneladas de opio (96% menos que en 1999)

2003: segunda mayor cosecha (después de 1999) con un total de 3.600 toneladas

La amapola se cultiva en 28 de las 32 provincias, y participan 1,7 millones de afganos. Los ingresos por comercio de drogas ascienden a 2.300 millones de dólares, más de la mitad del PIB oficial del país

El 69% de los agricultores encuestados tiene previsto aumentar el cultivo en 2004

Casi el 30% quiere duplicar la producción

El 43% de agricultores no cultivadores de amapola desea empezar a hacerlo en 2004

 

Fuentes: Informe anual SOWC (Situación de los Niños en el Mundo), de UNICEF ; CARE International; Sondeo anual de producción de amapola en Afganistán 2001; encuesta sobre las intenciones de los agricultores afganos 2003-04; Amnistía Internacional.

 

Texto traducido por Jesús Torres del Rey

 

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