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El asesinato, ayer, de un ministro y los posteriores enfrentamientos entre partidarios de uno de los "señores de
la guerra" y fuerzas del Ejército han vuelto a confirmar que, al igual que ocurre en Iraq, la guerra en Afganistán es como la energía,
que ni se crea ni se destruye, sino que simplemente se transforma. Los "señores de la guerra" afganos aceptaron en diciembre del
2001, una vez derrotado el régimen talibán por la coalición internacional encabezada por Estados Unidos, un compromiso para compartir
el poder. Dos años después, el Gobierno de Hamid Karzai, un protegido de Washington, controla poco más que la región de Kabul, la
capital, mientras que el resto del país sigue en manos de facciones rivales afganas. Los graves acontecimientos de ayer así lo demuestran.
Estados Unidos, con el beneplácito de la comunidad internacional expresado a través de la ONU, atacó Afganistán
el 7 de octubre del 2001. Fue la respuesta a los atentados terroristas del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, atribuidos
a Al Qaeda, la organización de Ossama Bin Laden a la que el régimen talibán había dado refugio. Y en poco más de dos meses de combates,
en los que diversos grupos afganos lucharon al lado de las fuerzas internacionales, se produjo el cambio de régimen. El talibán
desapareció, pero ni su líder máximo, el mulá Omar, ni Bin Laden fueron capturados.
El mapa de Afganistán cambió, pero siguió balcanizado. En el oeste, en Herat, la situación pasó a estar controlada
por Ismail Jan, antiguo oficial afgano que combatió a los soviéticos en la guerra que terminó con la derrota de Moscú. En el centro,
en la región de Bamiyán, quien se mantuvo fue Karim Jalili, un hazara (chiita) con estrechas relaciones con el régimen de Teherán.
Y el norte se lo repartieron varios generales: el uzbeko Abdul Rashid Dustum, que estableció su base en Mazar-i-Sharif; Mohamed
Daoud, que se hizo fuerte en Taloqan y Kunduz; Ibrahim, que se instaló en Ghowar, y Mammoud, que se convirtió en el dueño y señor
del Panshir.
Estos "señores de la guerra", que apoyaron a Estados Unidos, no sólo fueron recompensados con su poder territorial,
sino con abundantes dólares. La nueva situación, aunque precaria, satisfizo a Washington, por cuanto le permitía no exponer la vida
de sus propios soldados, al tiempo que un dirigente aliado, Hamid Karzai, tomaba posesión de la presidencia del nuevo régimen. El
norte de Afganistán se lo repartieron uzbekos, tayikos y hazaras, que formaron parte de la triunfante Alianza del Norte. Y el sur
quedó en manos de los pashtunes, la etnia mayoritaria, a la que pertenece Karzai.
Este final fue engañoso. Afganistán pudo recuperar una cierta normalidad, pero no se terminó el trabajo. Ni se
consiguió la estabilidad ni continuó hasta sus últimas consecuencias la persecución de Bin Laden y el mulá Omar, de quienes se sospecha
que hallaron refugio en las regiones del sur fronterizas con Pakistán, donde la mayoría es de etnia pashtún, como el grueso de las
fuerzas del régimen talibán. Dos años después, el asesinato del ministro de Aviación, que era hijo de Ismail Jan, el gobernador
de Herat, y los enfrentamientos posteriores que han costado decenas de muertos demuestran cómo Afganistán está aún realmente por
hacer.
Lo sucedido es aún más inquietante si se tiene en cuenta que la Administración Bush prefirió centrar su atención
en Iraq antes que terminar la tarea en Afganistán. Desde mediados del 2002, la agenda de Washington pasó a estar dominada por los
preparativos diplomáticos y militares para derrocar al régimen de Saddam Hussein. Y desde entonces, la situación afgana no ha hecho
más que empeorar. El objetivo estadounidense en Afganistán era la captura de Bin Laden y la destrucción de Al Qaeda. Pero meses
después se prefirió desencadenar una guerra contra Saddam Hussein, quien no se ha podido demostrar que estuviera relacionado con
Bin Laden. Ahora, dos años después, se ha intensificado la búsqueda del lugarteniente de Bin Laden en las zonas fronterizas con
Pakistán. Tarde y, posiblemente, mal. Los muertos de ayer en Afganistán amenazan con una reactivación del fuego que los optimistas
creían ya sofocado. |