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The Guardian, 12 de febrero de 2004
Gran Bretaña y EE.UU. prometieron que la guerra de Afganistán haría libres a las
mujeres.
Aún seguimos esperando
por Mariam Rawi, desde Kabul.
Cuando EE.UU. comenzó a bombardear Afganistán el 7 de octubre de 2001, la opresión a la que estaban sometidas las
mujeres afganas se utilizó como justificación para derrocar el régimen talibán. Cinco semanas después, la primera dama estadounidense,
Laura Bush, afirmó triunfante: "Gracias a nuestra recientes victorias militares en gran parte de Afganistán, las mujeres han dejado
de estar prisioneras en sus casas. La lucha contra el terrorismo también lo es por los derechos y la dignidad de las mujeres".
Pero Amnistía Internacional ve las cosas muy diferentes: "Tras dos años del fin del régimen talibán, tanto la comunidad
internacional como la administración de transición afgana, encabezada por el Presidente Hamid Karzai, han demostrado su incapacidad
para proteger a las mujeres. Sigue existiendo un riesgo muy alto de que los miembros de las milicias y antiguos combatientes cometan
abusos sexuales y violaciones. Los matrimonios forzados, sobre todo de niñas, y la violencia contra las mujeres dentro de la familia
siguen siendo habituales en muchas zonas del país".
A decir verdad, la situación de la mujer en Afganistán continúa siendo terrible. Aunque las mujeres y la niñas
pueden ir a la escuela y ejercer una profesión en Kabul y otras ciudades, no ocurre lo mismo en la mayor parte del país. En la provincia
occidental de Herat, el "caudillo" Ismail Khan promulga decretos al más puro estilo talibán. Muchas mujeres no tienen acceso a la
educación y se les prohíbe trabajar en ONGs extranjeras o para la ONU; además, son muy pocas las mujeres en puestos del gobierno.
Las mujeres no pueden tomar un taxi o dar un paseo si no les acompaña un familiar cercano del sexo masculino. Si se las ve con otros
hombres, la "policía especial" puede arrestarlas y obligarlas a someterse a un examen médico para determinar si han tenido relaciones
sexuales recientemente. Debido a esta continuada situación de opresión, todos los meses se suicida un número considerable de chicas,
más que durante el régimen talibán.
Los derechos de las mujeres no merecen un respeto mayor en el norte y sur del país, que se encuentra bajo control
de la Alianza del Norte. Un miembro de una ONG internacional comentó a Amnistía Internacional: "Durante la época de los talibanes,
si una mujer iba al mercado y dejaba ver un centímetro de carne, la habrían castigado a latigazos; ahora, en cambio, se la viola".
Tampoco en Kabul, donde hay miles de soldados extranjeros, respiran seguridad las mujeres afganas, con lo que muchas
siguen llevando el burka como medida de protección. En algunas zonas en las que se proporciona educación para las niñas, los padres
no se atreven a aprovechar esta oportunidad para sus hijas tras el incendio de varias escuelas para niñas. Según, Human Rights Watch,
se han producido secuestros de niñas cuando caminaban hacia la escuela, y no son nada raros los casos de abuso sexual a niños de
ambos sexos.
Pese a su retórica, el gobierno de Karzai lleva a cabo de forma activa políticas contra las mujeres. Éstas no pueden
encontrar trabajos, y las escuelas para niñas no disponen de material básico como libros y sillas. Las mujeres no tienen protección
jurídica, y los sistemas judiciales antiguos les prohíben solicitar ayuda en caso de necesidad. Tampoco pueden aparecer en la televisión
de Kabul cantando, ni se pueden poner sus canciones. Además, se censuran las imágenes de mujeres sin hijab en las películas.
El gobierno de Karzai ha creado un ministerio de la mujer sólo para levantar una cortina de humo frente a los ojos
de la comunidad internacional. Pero la realidad es que este ministerio no ha hecho nada por las mujeres. Se ha denunciado que parte
del dinero entregado por ONGs extranjeras a este ministerio ha acabado en manos de poderosos jefes militares del gabinete de Karzai.
La "guerra contra el terror" acabó con el régimen talibán, pero no con el fundamentalismo religioso, que es la
causa principal de miseria para las mujeres afganas. De hecho, al llevar al poder a los jefes militares y señores de la guerra,
EE.UU. ha sustituido un régimen fundamentalista misógino por otro.
Pero da la casualidad de que EE.UU. nunca se enfrentó a los talibanes para liberar a las mujeres afganas. Ya en
el año 2000, la administración estadounidense entregó 43 millones de dólares a los talibanes como recompensa por reducir la cosecha
de opio. Ahora, este país apoya a la Alianza del Norte, que es responsable de la muerte de más de 50.000 civiles durante su sangriento
gobierno de la década de los noventa. Quienes tienen el poder hoy, hombres como Karim Khalili, Rabbani, Sayyaf, Fahim, Yunus Qanooni,
Mohaqiq y Abdullah, son los mismos que impusieron leyes contra las mujeres en cuanto se hicieron con el control en 1992, y extendieron
un reino del terror por todo Afganistán. Se produjo la violación sistemática de miles de mujeres y niñas a manos de hombres armados,
y muchas de ellas se suicidaron para evitar que se consumaran los abusos.
Pero Afganistán no sólo sufre la ausencia de derechos de la mujer. Además, el cultivo de opio, el feudalismo militar
y el terrorismo siguen campando a sus anchas. No hay paz, seguridad ni estabilidad. El Presidente Karzai es preso de su propio gobierno,
la cabeza nominal de un régimen en el que los antiguos comandantes de la Alianza del Norte tienen el verdadero poder. En este clima,
son predecibles los resultados de las próximas elecciones de junio: la Alianza del Norte volverá a secuestrar las urnas para legitimar
su sangriento gobierno.
En noviembre de 2001, Colin Powell, secretario de Estado norteamericano, dijo: "Los derechos de las mujeres en
Afganistán no admitirán negociación alguna". Pero las mujeres afganas han sufrido en sus propias carnes la hipocresía de los líderes
británicos y estadounidenses. Al imponer al pueblo los señores de la guerra más detestables ya han negociado a la baja dichos derechos.
Sus bellos discursos se forjan en el oportunismo político más que en un sentimiento real de preocupación.
Entre 1992 y 2001, todas las formas de fundamentalismo, desde los jihadis a los talibanes, trataban a las mujeres
afganas como ganado. Algunos escritores occidentales han sugerido que dicha opresión hunde sus raíces en las tradiciones afganas,
y que criticarla sería una falta de respeto hacia la "diferencia cultural". Pero las mujeres afganas no son víctimas mudas. Existe
un movimiento de resistencia que, como todo grupo anti-fundamentalista, ha de operar en la clandestinidad, por lo que es difícil
de encontrarse. La Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA), que fue ilegalizada durante el régimen talibán,
sigue sin poder abrir un despacho en Kabul ni distribuir la revista Payam-e-Zan ("El mensaje de las mujeres"). Los propietarios
de tiendas reciben amenazas de muerte si en ellas se muestran nuestras publicaciones, y los simpatizantes de RAWA han sufrido torturas
y condenas de prisión por repartirlas. Quienes leen nuestra literatura aún corren peligro si se les descubre.
No hace falta importar el feminismo; ya ha echado raíces en Afganistán. Mucho antes de los bombardeos estadounidenses,
las organizaciones progresistas luchaban por conseguir la libertad, la democracia, la aconfesionalidad y los derechos de las mujeres.
Entonces, los gobiernos y los medios de comunicación occidentales mostraban escaso o nulo interés en el drama de la mujer afgana.
Cuando, antes del 11 de septiembre de 2001, RAWA ofreció imágenes de la ejecución de Zarmeena a la BBC, CCN y ABC, entre otras,
la respuesta de éstas fue que eran demasiado duras para difundirse. Ahora bien, tras el 11 de septiembre, estos mismos medios emitieron
las imágenes una y otra vez. Igualmente, algunas de las fotografías de RAWA en las que se muestran los abusos de los talibanes contra
las mujeres también están siendo utilizadas... sin nuestro permiso. Se reprodujeron en los folletos que lanzaron los aviadores norteamericanos
desde el aire de Afganistán.
Este artículo apareció por primera vez en la revista New Internationalist (www.newint.org)
Mariam Rawi, de RAWA, escribe con seudónimo. www.rawa.org
Traducción: Jesús Torres del Rey |